Budismo Mahayana: la gran parábola de la liberación colectiva

 Por José Olarce

Luego de la muerte del buda histórico (buda Gautama o Shakiamuni) y tras los concilios celebrados por sus seguidores, el budismo se dividió en dos grandes escuelas o corrientes: Hinayana (pequeño vehículo de liberación) y Mahayana (gran vehículo de liberación). Dos alegorías ilustran ambos conceptos.

Al pequeño vehículo se lo representa mediante un monje montado en una cabra. La cabra es rápida, veloz, un vehículo todo terreno que sube montañas. Pero también es pequeña y por ende, solo uno puede viajar en ella. No hay lugar para dos.

 Al gran vehículo en cambio, se lo representa mediante un carro tirado por bueyes. Un vehículo lento, pesado, pero sobre el cual pueden viajar muchos individuos.  Y omito decir personas  porque el budismo incluye al resto de los seres vivos. No es una filosofía del ego. Es una filosofía en la cual los animales se salvan en la misma barca que los hombres. Y por supuesto que los árboles, los ríos, los vientos y las montañas. Toda la naturaleza y no sólo el ser humano es en el budismo “sujeto de derecho”.

El pequeño vehículo se expandió por el sudeste asiático: los actuales Sri lanka, Tailandia, Myanmar, Camboya, Laos, Vietnam. En tanto el gran vehículo llevó el mensaje del buda  hacia el norte: Nepal, Tibet, Bhutan, Mongolia, China, Corea, Japón. Conociendo ambas miradas, no es de sorprenderse que los países mejor  desarrollados socialmente fueran los países del norte.

El ideal de quien opta por el pequeño vehículo es el Arhat o iniciado. Lejos de lo trivial y mundano su vida es el completo ascetismo. Su objetivo es llegar rápidamente al nirvana, algo así como la felicidad suprema o el paraíso. Su apuro por llegar lo hace viajar solo. Se aísla o separa. Construye su propia salvación individual al margen de la realidad colectiva. No se involucra socialmente  salvo en la medida de sus propias necesidades.

El ideal del gran vehículo es el bodhisattva. Su voto, o juramento: no ingresar al nirvana hasta tanto el resto de los seres sensibles lo hagan. Comprometiéndose a conducir los bueyes por los caminos pantanosos de la vida mundana. No lo asustan el fango o el lodo. Se vincula. Su familia es la suya propia si la tiene, pero también el universo todo.

  El bodhisattva  no tiene apuro por llegar  porque sabe que tampoco hay lugar a donde ir. Sabe que el camino es tan bello y luminoso como la meta. Y que la meta  ya está presente antes de la partida: “La llegada pegada a la suela de tu zapato”. Y en este punto es particularmente enfática la escuela mahayana zen, que acentúa un concepto brillante: tú mismo eres buda y esta vida miserable (samsara) es el mismo nirvana o paraíso. Por eso para el zen la respuesta está en la vida cotidiana.

El arhat, al saber que él mismo es buda,  siente que ya no vale la pena hacer algo por este mundo sensible lleno de dolor y sufrimiento. Ya sabe que la felicidad está en llegar a “la otra orilla” sin más demora.  Por lo cual ahora su tiempo “vale oro”. Renuncia al yo colectivo para ser sólo él mismo: una pequeña burbuja de felicidad individual perdida en el gran océano de la tristeza colectiva. Una chispa solitaria lejos de la gran fogata. Una estrella fugaz en la gran noche sin fin.

Por el contrario, el bodhisattva, que sabe que el otro es tan buda como él, también sabe que es así  porque en el fondo, en la trama real de esta “película”, cuando corremos “los velos de Maya” porque la obra llegó a su fin y la caída del telón apaga los últimos aplausos (o los últimos silbidos) los actores, el director y los espectadores resultan ser una misma y única energía colectiva sin principio ni fin a través del tiempo y el espacio. En el vacío de una eternidad que se dibuja sobre lo efímero y fugaz de cada instante, de cada “aquí y ahora”.

El bodhisattva sabe que el otro  también es él  y por lo tanto, que su propia felicidad es la felicidad del otro. Es decir la felicidad colectiva. Por eso mismo el arma del bodhisattva es la compasión. Sufre y ríe con el otro porque el otro es él mismo. O porque ambos son órganos inseparables de un mismo sistema y sólo la salud del sistema garantiza la salud del órgano. Por eso elige viajar en la carreta atizando los bueyes. Compartiendo su secreto y su verdad con el mundo. Entendiendo que lo sagrado y lo profano son dos caras de una misma moneda. Que en realidad el nirvana es el samsara. Que la iluminación es la ignorancia. Que el infierno es el paraíso. Y que su propia felicidad nunca será plena, si la persona de al lado no es tan feliz como él.

También en nuestra sociedad contemporánea podemos optar por la salvación individual (el típico sálvese quien pueda)y olvidarnos de “el otro” para vivir felices en nuestra pequeña burbuja o nave (¡cuánto se parecen ambas imágenes a nuestros autos, no?) escalando la colina de la vida sin importar quien quede en el camino. Olvidarnos del  “yo colectivo” porque lo nuestro es sólo “el yo individual”. No hemos descubierto aún al otro.  Quizás porque descubrir al otro significa abrirse. Y abrirse es dar. Y hoy, en esta sociedad basada en el consumo y el aislamiento, ya casi nadie quiere dar. Todos queremos recibir. Sin darnos cuenta que dar es recibir el doble.

Pero aun en esta sociedad contemporánea podemos optar por la liberación colectiva del bodhisattva: salvarnos sólo si se salvan todos. Descubrir al otro y darse cuenta que el otro es también uno mismo pero con otra máscara o “persona”, con otro formato pero idéntico contenido.

Y esto es fácil de percibir en el contexto familiar pero no suele proyectarse al ámbito global o colectivo, en una completa carencia de sensibilidad social o miopía intelectual ignorando que todos somos una gran familia. Quizás la única en realidad.

Tal vez por eso para Oesterheld y su legendario eternauta “el único héroe verdadero es el héroe colectivo”. En una visión a su vez cósmica y política, mística y social, histórica y atemporal. Un pensamiento que no ha sido ajeno a muchos pueblos originarios y culturas  que han poblado el planeta en otros tiempos. Un pensamiento que ya la biología y otras áreas de la ciencia hoy pueden demostrar fácilmente, sólo con hacer accesible al común de la gente la más pura realidad: que todo sistema interactúa con  su habitad de una manera dinámica e interdependiente.  Es decir,  que la existencia de todo sistema va a depender de su relación con otros sistemas que a su vez interactúan con otros. Por lo tanto, si dependemos del suelo y el aire ¿no son entonces tan parte de nuestro organismo como cualquiera de nuestros órganos? Si nuestra existencia individual sería literalmente imposible sin otros seres y personas ¿no constituimos entonces una verdadera unidad  con el resto de los seres vivos?

Quizás sólo necesitemos llevar este pensamiento del ámbito académico a la esfera de la conciencia colectiva.

 Para el budismo, a esta conciencia cósmica o colectiva se llega mediante el “despertar”. Y a todo aquel que haya despertado se lo considera un buda; es decir, un despierto o iluminado.

Claro que en realidad, podemos seguir durmiendo y no despertar por un largo tiempo. Pero sólo por un largo tiempo.

Comentarios