¿Es posible un mundo peor que este?

Por: Agustín H. Perissé

«¿Es posible un mundo peor que este?» se preguntan los Científicos del Palo en una canción editada en 2010. Siempre se puede estar peor podría responder el saber popular. «Llegado el tiempo vendrá el fin de los inicuos, pues su ignorancia los mantiene en egoísmo.» gritó V8 esperanzado en los ’80. Mucho antes, en la década del ’30, un tango deslizó: «Que el mundo fue y será una porquería, ya lo sé. En el quinientos seis y en el dos mil, también.» 

En tiempos de pandemia y de crisis económica mundial una pregunta carcome las mentes de lo/as más aguzado/as analistas. ¿Qué vendrá después de la pandemia? Como si el vivir el aquí y el ahora estuviera prohibido, la necesidad de proyectar un futuro en el que imaginarse fuerza a pensar escenarios. Y entonces el fin del capitalismo de Žižek. Y enfrente quienes efectivamente imaginan un mundo peor. Corporaciones imponiendo un nuevo orden mundial en pos de la salud y el orden económico. Apocalípticos e integrados diría Umberto Eco en otro contexto. 

En favor de los primeros podemos considerar que sólo una infantil idea de la historia como progreso lineal o un relato de autopercepción del propio capitalismo, podría eludir que a cada paso de la humanidad se acentuaron las diferencias entre lo/as pobres, lo/as hambreado/as, las personas excluidas de los más elementales derechos, y aquello/as que pueden ostentar todo tipo de consumos suntuarios. Naturalmente, cualquiera se pregunta ¿por qué aquellos sectores beneficiarios de este mundo desigual renunciarían a sus privilegios sin resistencias? La historia demuestra más bien lo contrario. Y si no existe voluntad de parte de lo/as poderoso/as de construir un orden más justo, ¿qué fuerza podría imponerles una agenda de transformaciones mundiales? Para muestra basta un botón. En el día a día de la cuarentena Argentina, apenas Alberto Fernández les pidió a los sectores concentrados de la economía que “ganen menos”, el menú de respuestas varió entre miles de despidos y operetas para levantar el aislamiento obligatorio. Se sabe que la realidad social se alimenta tanto del consenso como del conflicto. A medida que se afectan intereses (y los seres humanos somos intereses caminantes) se rompen los equilibrios inestables y los consensos transitorios. Sino pregúntenle a Alfonsín. Pero volviendo a lo anterior, pareciera lo más lógico pensar que el futuro depara un nuevo orden mundial más injusto que, en este marco, sólo podría sostenerse con crecientes niveles de control y/o represión. 

Del otro lado, se postula que esta nueva crisis del capitalismo pone en discusión viejos tótems del pensamiento capitalista liberal: el libre mercado como la mejor forma de asignación de recursos, la iniciativa privada como motor económico, el achicamiento del papel del Estado por su presunta “distorsión de las reglas del mercado”, etc. Y desnuda la realidad de que el único agente con capacidad de articular los recursos y planificar las acciones para hacer frente a una crisis sanitaria es justamente el Estado. Esto permite a alguno/as aventurar que se alumbrará un orden mundial más justo. Que el orden capitalista y sus principios de organización han demostrado su futilidad, y se impone una nueva comunidad internacional. Sostienen estas esperanzas en algunos ejemplos históricos. Efectivamente, otras crisis acarrearon grandes consecuencias para el mundo. La primera guerra mundial tuvo un papel decisivo en la generación de las condiciones para la revolución rusa de 1917. Supo explicar Lenin la importancia de estas condiciones en el discurso sobre el aniversario de la revolución pronunciado el 6 de noviembre de 1918:

“El día en que celebramos el aniversario de la revolución se debe lanzar una mirada al camino recorrido. Hubimos de empezar nuestra revolución en condiciones de inusitada dificultad, en las que no se encontrará ninguna de las siguientes revoluciones obreras del mundo, y por eso es de singular importancia que intentemos verter luz sobre todo el camino que hemos recorrido y ver qué hemos alcanzado en este tiempo y en qué medida nos hemos preparado en este año para nuestra tarea principal, para nuestra tarea verdadera, decisiva y fundamental. Debemos ser una parte de los destacamentos, una parte del ejército proletario y socialista de todo el mundo. Nos hemos dado siempre cuenta de que si hemos tenido que empezar la revolución, que dimanaba de la lucha de todo el mundo, no ha sido en virtud de méritos algunos del proletariado ruso o en virtud de que él estuviera delante de todos; antes al contrario, sólo la debilidad peculiar, el atraso del capitalismo y, sobre todo, las agobiadoras circunstancias estratégicas y militares nos hicieron ocupar, por la lógica de los acontecimientos, un lugar delante de otros destacamentos, sin esperar que éstos se acercasen, se alzasen. Ahora hacemos el balance a fin de enterarnos de la medida en que nos hemos preparado para acercarnos a las batallas que nos esperan en nuestra futura revolución.”

En el otro extremo del espectro ideológico, el crack de la bolsa de Nueva York de 1929, generó un cambio de paradigma dentro del capitalismo estadounidense impulsando un nuevo rol del Estado que luego se proyectó como modelo alternativo a nivel mundial. Franklin D. Roosevelt en su discurso de investidura presidencial, pronunciado el 4 de marzo de 1933, señalaba:

“En toda situación adversa de la historia de nuestra nación, un Gobierno franco y enérgico ha contado con la comprensión y el apoyo del pueblo, fundamentales para la victoria. Estoy convencido de que el Gobierno volverá a contar con vuestro apoyo en estos días críticos. Con dicho espíritu, por mi parte y por la vuestra, nos enfrentamos a nuestras problemáticas comunes que, gracias a Dios, sólo entrañan cuestiones materiales. Los valores han caído hasta niveles inverosímiles, han subido los impuestos, los recursos económicos del pueblo han disminuido, el Gobierno se enfrenta a una grave reducción de ingresos, los medios de pago de las corrientes mercantiles se han congelado, las hojas marchitas del sector industrial se esparcen por todas partes, los agricultores no hayan mercados para su producción, miles de familias han perdido sus ahorros de muchos años. Y lo más importante, gran cantidad de ciudadanos desempleados se enfrentan al triste problema de la subsistencia y un número igual trabaja arduamente con escasos rendimientos. Únicamente un optimista ingenuo negaría la trágica realidad de la situación.

Sin embargo, nuestras penurias no se derivan de una carencia de recursos. No sufrimos una plaga de langostas. […]

[…] Los cambistas han abandonado sus tronos en el templo de nuestra civilización. Ahora debemos devolver a ese templo sus antiguos valores. La magnitud de la recuperación depende de la medida en que apliquemos valores sociales más nobles que el mero beneficio económico. La felicidad no radica en la mera posesión de dinero; radica en la satisfacción del logro, en la emoción del esfuerzo creativo.”

Imbuido de estas ideas llevó adelante amplias reformas que incluyeron intervención de los mercados financieros, emisión de moneda para fomentar el consumo, garantías para los depósitos bancarios, implementación de un plan de obras públicas que empleó cerca de 4 millones de trabajadores, creación de normas de competencia leal con un compromiso empresario de precios y salarios justos, sanción del acta de seguridad social que condensaba derechos laborales, sanidad pública, etc.

Evidentemente, a ambas posturas les asiste parte de razón. En la medida que el 1 por ciento más rico de la población mundial posee más riqueza que el 99 por ciento restante, es imposible negar que detrás de las estadísticas de crecimiento económico se ocultan otras estadísticas que muestran un pasmoso aumento de la desigualdad. Frente a esta comprobación ninguna de las crisis del capitalismo puede tomarse como ejemplo del surgimiento de un mundo mejor. Esa es la necesaria cuota de pesimismo. 

Pero también es cierto que la actual crisis abre un conjunto de oportunidades al tensionar ideas largamente sostenidas e instaladas desde los grupos concentrados de poder (económico, político, mediático, etc.) transnacionalizados por la globalización neoliberal a partir de la caída del muro de Berlín. Que un virus obligue a EEUU y, específicamente, a Nueva York (con lo que implica como centro del poder financiero global) a instalar un hospital de campaña en pleno Central Park y a desarrollar un plan de “Gestión de Fatalidades Masivas” necesariamente tiene que traer consecuencias para el panorama mundial. De golpe porrazo, el libre mercado queda suspendido y el Estado debe regular y/o administrar directamente determinados recursos críticos (respiradores, barbijos, test, alimentos, combustibles, etc.). Ya no es un crimen de lesa mercado emitir moneda si está en riesgo la caída completa de la economía. En el caso argentino surgen palpables las contradicciones entre el Estado que se imagina según las exigencias de la crisis y el Estado real heredado de un siglo y medio de vaivenes en la política pública. Es decir, mientras que se declama la necesidad de un Estado con un sistema sanitario moderno, organizado, abastecido, etc. el sistema de salud público sufrió el desmantelamiento de las políticas neoliberales y la tercerización a través del sistema de prepagas dirigidas al sector con mayor poder adquisitivo de la sociedad. Otro tanto podemos decir de la educación. Se plantea la necesidad de una educación de calidad para todo/as, actualizada a los avances en el campo del conocimiento, mientras que el sistema educativo fue descentralizado y desarticulado durante los `90 por lo que cada escuela presenta realidades muy disímiles variando desde instituciones aún muy atadas al paradigma de la ilustración hasta escuelas con acceso a todos los recursos digitales de la actualidad. Ni hablar del control de los precios y el acceso a bienes de consumo de primera necesidad. A la par que se le exige al Estado que controle los abusos en los precios y el abastecimiento, que garantice créditos blandos para las empresas afectadas por la crisis, se han demonizado y destruido las instituciones estatales con capacidad de regular estas áreas (IAPI, Entes reguladores, Banco Central, participación del Estado en empresas estratégicas, etc.).

De lo antedicho se puede desprender la necesidad de un nuevo tipo de Estado, o si se quiere de una Reforma del Estado, pero en clave popular ya que este enunciado siempre ha sido utilizado para destruirlo. Esta necesidad ya estaba presente antes de la pandemia porque heredamos el Estado reformado por el menemismo, incipientemente reconstruido por el kirchnerismo y con un importante ataque por parte del macrismo. Esto dio como resultado un Estado desarticulado en importantes áreas, desfinanciado y con escasa capacidad de intervención en las problemáticas sociales centrales de importantes sectores de la sociedad (vivienda, alimentación, salud, educación, seguridad, etc.). Pero esta situación se ha agudizado con esta nueva crisis al punto que su resolución se ha vuelto una condición de sustentabilidad política, económica y social de cualquier proyecto de país. Necesitamos de un Estado con capacidad de regular el mercado financiero para poner la riqueza nacional al servicio de la producción nacional. Necesitamos que, en este sentido, los sectores más ricos del país aporten los recursos para financiar la salida de esta crisis. Necesitamos que el Estado recupere el control sobre la cadena de producción-comercialización sobre, por lo menos, los productos esenciales para garantizar el abastecimiento a precios razonables. Necesitamos la centralización en el Estado del Sistema de Salud brindando un servicio de calidad a las mayorías y dejando los sistemas privados como residuales. Necesitamos que el Estado recupere la centralidad en su papel educador abandonando el papel subsidiario al que lo condenó el modelo neoliberal. Esto implica tender al fortalecimiento de la educación pública y la secundarización de la iniciativa privada en este ámbito. 

Estas necesidades, en términos de horizonte de futuro, implican -como dije- condiciones de posibilidad. Se abre un escenario en el que estos temas se pueden poner en discusión y avanzar en su realización. Esta es la necesaria cuota de optimismo. Pero de ninguna manera esto implica su realización concreta. La concretización de estas necesidades depende de otros factores como las fuerzas en pugna (en el campo económico, político, militar, simbólico), la conciencia del pueblo, la decisión de lo/as dirigentes, entre otros. Esto deja implícito que este es un proceso abierto. Si bien la semantización del rol del Estado podría ser capitalizada tanto para una transformación progresiva, también los sectores reaccionarios de la sociedad van a pujar por mantener el status quo o, incluso, por imprimirle un carácter reaccionario a la salida de esta crisis endilgándole a gobiernos como el de Alberto Fernández la responsabilidad por las consecuencias de la pandemia. 

Y de nuevo, surgen muchas preguntas. ¿Quiénes son los actores políticos, económicos o sociales que dinamizarán esta transformación mundial? ¿O depende centralmente de los liderazgos políticos? En ese caso, ¿cuáles son esos liderazgos mundiales? ¿O los liderazgos surgirán al calor de las transformaciones culturales? Entonces, si la transformación no es -como se diría en otro tiempo- de arriba hacia abajo, sino a la inversa, ¿la transformación será fundamentalmente cultural? Sabemos que los cambios culturales pueden verse más con la mirada profunda de la historia que con la urgencia del presente. De ser así, ¿las transformaciones serán más una hipótesis de trabajo que una realidad efectiva que podamos observar rápidamente?

Claramente, no tengo las respuestas a estas preguntas, pero ciertamente podemos ver que, en el caso argentino, la agudización de la crisis sanitaria está trayendo consecuencias para la economía y para la política. A la par que queda expuesta la importancia de un Estado que tome las riendas de la salud pública, de la educación pública, etc. se evidencia la debilidad de éste en todas estas áreas y empiezan a crujir las contradicciones de todo tipo. ¿Cuál es la prioridad? ¿Frenar la pandemia o que no se deprima aún más la economía? ¿A quién se asiste primero, a los más pobres, a los sectores informales, a las pymes, a las grandes empresas? ¿Quién debe sostener económicamente estas medidas? ¿Los sectores más ricos del país o todos? ¿Se deben crear impuestos extraordinarios, pedir créditos o se debe emitir moneda? ¿Se deben tomar medidas profundas como intervenir los bancos, el sistema de salud, el comercio aún con el seguro ataque de parte de las corporaciones? ¿O es preferible realizar transformaciones graduales administrando el consenso social?

Las respuestas a todas estas preguntas implican decisiones de política pública que requieren de un importante consenso a la par que de asumir y superar las necesarias contradicciones entre intereses. En estas decisiones juegan su papel tanto los dirigentes como las organizaciones de base y el pueblo en su conjunto. De cómo se resuelvan estas contradicciones a escala global dependerá, en última instancia, si el mundo seguirá siendo una porquería o no.  

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